Mi camino empezó temprano. Ya en la adolescencia encontraba una paz inusual en la soledad y la introspección. Pero fue a los 20 años, viviendo y trabajando en Holanda, cuando tuve una revelación cruda y clara: comprendí que mi vida debía construirse en torno a la práctica meditativa y al rigor del cuidado del cuerpo como templo.
Esa intuición se convirtió en mi brújula definitiva.
Desde los 23 años, mi disciplina se volvió absoluta. Aprendí con maestros de Hatha Yoga y profundicé de forma radical en el Zazen bajo la guía de un profesor ordenado bodhisattva en el linaje Soto Zen. A base de tropiezos y constancia, descubrí que el «aquí y ahora» no es un concepto místico, sino una herramienta táctica y real.
Con los años, esta práctica me ha dado lo que la mayoría busca y pocos encuentran: la capacidad de no quebrarme ante las situaciones más difíciles de la vida y de estar verdaderamente presente para mis tres hijos.
En mis clases transmito esa misma solidez. No hay mantras, discursos solemnes ni saludos exóticos. Enseño lo que me ha servido a mí, y animo a cada alumno a encontrar su propio eje central.
Una de las cosas que más me animó a transmitir estas enseñanzas fue escuchar, al terminar mi primera clase de Hatha Yoga como instructor, a una profesora veterana decir: «Hay gente que ha nacido con esto». Yo prefiero pensar que esa capacidad se forja en la esterilla, no es innata. Enseño desde un lugar muy personal: con seriedad absoluta, cercanía y cero imposturas.
Hoy mi visión es libre de dogmas. Lo único que sé con certeza es que, si te esfuerzas en practicar con rigor, acabarás recuperando tu soberanía y descubriendo una manera firme y poderosa de estar en la vida. Mi trabajo es acompañarte hasta que la encuentres.


