El Adviento cristiano ha comenzado y con él un nuevo año litúrgico. El Adviento una de mis épocas favoritas del año: un tiempo de espera, de recogimiento y de preparación seria para la Navidad. Hoy, por desgracia, casi se diluye entre las “ofertas únicas” del Black Friday, las cenas de empresa y las luces que decoran las calles.
Diciembre nos pone a prueba: ruido constante, consumo excesivo y una agenda colmada de planes innecesarios. Parece que, si no compramos más y no hacemos más cosas, estamos fallando a la Navidad. El Adviento no es eso, sino una oportunidad de preparación espiritual rica y profunda.
En los pueblos, el Adviento era preparar la casa para el invierno, tener la leña lista, poner las cosas en orden, reparar lo que estaba roto. El exterior del hogar se ponía a punto mientras el corazón también se preparaba: más oración, más silencio, más gratitud y menos queja. Una espera activa.
Adviento cristiano frente al consumismo
No se trata de demonizar la fiesta. Celebremos, sí: familia, amigos, buena comida. Pero con medida. El desafío es no dejar que el consumo nos gobierne y recuperar la sobriedad y la gratitud. No está de más recordar que el famoso Black Friday es la resaca del Día de Acción de Gracias: una fiesta que nació para dar gracias a Dios, no para arrasar centros comerciales.
El Adviento cristiano es una escuela de presencia y de meditación de verdad:
estar delante de Dios, mirarnos por dentro con honestidad, pedir perdón, proponernos cambios concretos. Mo hace falta buscar filosofías lejanas cuando tenemos, delante de las narices, una tradición que lleva siglos ayudando a la gente a vivir mejor.
Propósitos sencillos para este Adviento
Algunas propuestas muy concretas para vivir estas semanas con más hondura y menos ruido:
- Preparar el hogar como oración. Ordenar, tirar lo que sobra, reparar lo que está roto. Hacerlo despacio, con intención, ofreciendo ese trabajo por alguien. Igual que antes se apilaba la leña para resistir el invierno, hoy podemos “apilar” pequeños actos de orden y servicio.
- Decorar el árbol y el belén sin prisa. No como una tarea más de la lista, sino como un momento compartido: hablar con los hijos, explicarles qué significa cada figura, recordar otras Navidades, tomar algo caliente juntos.
- Una vela y unos minutos de silencio al día. Encender una vela al caer la tarde, leer un breve texto del Evangelio o un salmo, guardar dos minutos de silencio real.
- Música que lleve hacia dentro. Escuchar villancicos o música navideña que te toque de verdad, quizá la de tu infancia. Sentarte simplemente a escuchar, sin hacer nada más, dejando que los recuerdos aparezcan.
- Vigilar la lengua y el corazón. Proponerte algo muy concreto:
- No hablar mal de nadie,
- Ser más abierto con los tuyos,
- Dar las gracias explícitamente cada día, y al final del día, hacer un examen breve: ¿en qué he fallado?, ¿qué puedo mejorar mañana?
- Poner límite al consumo. Decidir antes cuánto vas a gastar en regalos y en caprichos… y cumplirlo. Tal vez renunciar a algo superfluo y destinarlo a quien lo necesita.
Y de vez en cuando, preguntarte con honestidad:
“¿Realmente necesito estar haciendo esto?
¿Es útil? ¿Es saludable? ¿Es amoroso?”
Si la respuesta es no, cambia de actividad. Deja a un lado lo que compite con tu atención al presente y con tu vida interior. Purifica la mirada.
Este Adviento cristiano no se trata de hacer más, sino de ser más:
más presentes, más agradecidos, más sobrios, más disponibles para los demás.
Vive un Adviento honesto y sencillo. Que las campanas, las postales, las canciones y las luces no sean solo ruido de fondo, sino algo que merece la pena preparar el corazón.


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